Las penas por los delitos de incendios de bosques en nuestro país van de 5 años y un día hasta 20 años de presidio. Sin embargo, no han podido evitar que cada temporada se repitan los desastrosos “veranos naranja”, afectados además por la implacable sequía y el cambio climático.

El fantasma de los megaincendios ocurridos durante los últimos veranos en nuestro país ronda en la conciencia de los chilenos. Todos hemos sido testigos a través de los medios de comunicación del fácil avance que tiene el fuego por nuestros bosques, los que se ven en un inminente peligro cada vez que aumenta la temperatura.
Si bien se trata de una problemática conocida por nuestras instituciones y ciudadanos, la velocidad y dimensiones que tienen estos incendios actualmente han dejado en evidencia su capacidad destructora, la que pareciera ser imbatible frente a cualquier medida preventiva.

La regla del 30
“Para que ocurran incendios tiene que existir combustible, oxígeno -que está siempre presente- y la fuente de calor que da la energía para que ocurra el proceso de ignición. Todos los años, nosotros tenemos entre 6 mil a 8 mil focos de incendios, pero, afortunadamente, no en todos están las condiciones para que ese foco se propague con fuerza, y estas son: alta temperatura, baja humedad relativa y alta velocidad del viento«, señaló Eduardo Peña, Ingeniero Forestal, Doctor en Ecología del Fuego y académico de la Facultad de Ciencias Forestales de la Universidad de Concepción.
Pero cuando estas condiciones se presentan, «se utiliza este término denominado “30-30-30”, es decir, si la temperatura es mayor a 30°, la humedad relativa menor a 30% y la velocidad del viento mayor a 30 km/hr, está todo listo para que se produzca un desastre”, aseguró.
Según el ministerio de Agricultura, la sequía viene afectando a la zona centro-sur de Chile hace ya 14 años, lo que ha provocado, paradójicamente, una “tormenta perfecta” pues, al unirse con la crisis hídrica que genera y las adversas condiciones meteorológicas presentes en épocas de altas temperaturas, produce el factor señalado por el experto.
Algo que, lamentablemente, ya influyó en que la actual temporada estival 2022-23 iniciara con complejidades al ser Chile el país con más estrés hídrico en Latinoamérica, según el World Resources Institute del Pacto Mundial de las Naciones Unidas, además de tener 31.498.77 hectáreas afectadas.

Sobre este tema, la meteoróloga con experiencia en asesorías públicas y privadas en áreas de incendios forestales y agricultura, y Magíster en Educación Ambiental, Reina Campos, asegura que la sequía fue uno de los principales factores para la ocurrencia de los megaincendios forestales entre 2016 y 2017, que tuvieron como resultado 570.197 hectáreas de superficie afectada, “En ese momento estábamos bajo un evento del fenómeno meteorológico de La Niña, que contribuyó aún más para que se presentaran condiciones cálidas y secas y en simples palabras, a mayor sequía mayor combustible disponible para quemar. A ello, hay que sumar el cambio en el uso del suelo. Si cambias la vegetación, también cambias el clima. Si reemplazas bosque nativo por monocultivo, todo el ecosistema se transforma, por ende, los montos de agua caída disminuyen» puntualizó la profesional.
En cuanto al viento, la experta es enfática en señalar que es el principal variable meteorológica relacionada a los incendios, aunque puede tener variaciones dependiendo del lugar en el que este ocurra. “No es lo mismo un incendio en la costa que en el valle o la precordillera. La geografía de un lugar también es determinante para la propagación del fuego, ya que en ocasiones su combate se vuelve complejo, inclusive, para las aeronaves”, aseveró.
Para Eduardo Peña, el peligro que representa esta variable meteorológica también dependerá de las condiciones del incendio: “Si tú construyes un cortafuego de casi un metro sacando todo el combustible para que el incendio no continúe, el incendio -si es superficial- se controlará. Ahora, si el fuego viene como incendio de copas, que emite muchas pavesas, ese material puede llegar a una distancia de 500 metros hasta dos kilómetros de distancia. Entonces, ahí ese incendio no lo podrá detener ni el río Bío Bío, y hemos sido testigos de que algunos lo han cruzado”, agregó el académico de la Universidad de Concepción.

Un país quemándose a lo bonzo
Respecto al aumento de la temperatura, ambos expertos puntualizan que la ignición (inicio de la combustión), piedra angular para que se genere una quema, está asociada en un 99% a la causa humana, por lo que considerar que el cambio climático es un factor que provoca más incendios forestales es, según sus criterios, injusto.
“De acuerdo con lo que ha ocurrido en la última década alrededor del mundo con estos siniestros, podemos decir que el incremento de incendios forestales sería una consecuencia más del cambio climático, así como las inundaciones o el derretimiento de los Polos. De manera que exigirle a la Naturaleza a que reaccione igual que hace 10 años atrás es súper egoísta. Hay que cambiar varios paradigmas al respecto, porque la Naturaleza también tiene el derecho a reaccionar si le quitamos o agregamos algo. El océano, la atmósfera y la superficie terrestre (continentes, islas, etc.) están en constante interacción y son dinámicos, al igual que nosotros. Por eso, puede haber mucho calor, pero si no hay una fuente de ignición no hay incendio forestal”, agregó Campos.
Bajo dicha premisa, se puede echar fácilmente por tierra la premisa que indica como responsable de estos siniestros a la variación que está generando el clima en el planeta, otra situación que también es responsabilidad de las personas.

Los incendios forestales no se apagan, se controlan
Según datos de Conaf, existen cuatro tipos de causas de incendios forestales en Chile. Estos son: naturales, de causa desconocida, accidentales e intencionales.
Lamentablemente. el 99,7% de los siniestros en nuestro país son provocados bajo las dos últimas causas, Una situación que para el ingeniero forestal, Doctor en Recursos Naturales y Sostenibilidad, y académico del Laboratorio de Incendios Forestales de la Universidad de Chile, Miguel Castillo, tiene directa relación con la estacionalidad y el comportamiento humano.
“La movilidad de personas en temporadas estivales a lugares donde en todo el año no ha habido prácticamente mayor actividad forma lo que se llama la composición de la ocurrencia, dentro de las cuales están las quemas o uso irresponsable del fuego, la intencionalidad y el tránsito de personas. Chile, además es un país muy desigual en ese sentido porque hay ciertas zonas que concentran mayor cantidad de público que otras, y eso hace que, en periodos a partir del mes de octubre hasta marzo o abril del año siguiente, puedas encontrar áreas con una alta densidad de incendios”, indicó el experto.
El ingeniero agregó además que antiguamente en Chile este periodo se acotaba a seis meses. «Hoy llega fácil, administrativamente hablando, a los 10 meses por toda la apertura de contratos, licitaciones de aeronaves y equipos de combate, además de las centrales de operaciones. El tiempo es variable en cuanto a la composición e intensidad de los incendios, dependiendo de la región en que se evalúe”, aseveró.

Donde hubo fuego…
La Corporación Nacional Forestal informa que tiene una nómina de 29 mártires en acciones de protección contra incendios forestales durante la época estival desde 1970. Aquella cifra, sumada a la de civiles y fauna fallecida producto de estos siniestros son, sin duda, la principal consecuencia del avance del fuego por nuestros bosques.
Al respecto, la meteoróloga Reina Campos, aclara que esto se debe al brusco cambio que presenta el comportamiento de los incendios, principalmente, en las laderas de los cerros, y que ha provocado no solo la muerte de brigadistas, sino también de tripulantes de aviones, además de otros efectos negativos para la sociedad y el medioambiente: “Hemos podido ver cómo pueblos enteros son arrasados por el fuego y las personas pierden sus viviendas. También está la erosión del suelo, la quema de cultivos agrícolas y la contaminación del aire que generan estos siniestros, que es algo que no se ha incorporado dentro de los Planes de Descontaminación aun cuando el Material Particulado que emiten los incendios puede ser hasta 10 veces más dañino que el medido durante la estación invernal”, acotó.
A eso, se suman las secuelas que deja en el ámbito económico, pues con la destrucción de bosques y comunidades se pierden fuentes de trabajo en el área forestal, turística, sanitaria y educativa, además de verse afectada la producción nacional del vino al ser la uva vinífera una de las plantaciones que más se desarrolla en las áreas afectadas por el humo.
En cuanto a estos efectos, es necesario transparentar que existen algunas de efecto inmediato y otras de largo plazo. Dentro del primer grupo se encuentra la pérdida de vegetación, de biodiversidad y la fragmentación de los paisajes. En el mediano y largo plazo, está la emigración de algunas especies, la pérdida de biodiversidad -en un periodo más prolongado- la contaminación de recursos hídricos y la fragmentación de paisajes a una escala mayor, además de la alteración general de la provisión de servicios ecosistémicos.

¿De qué manera se restaura tanto daño?
“Algunas de estas consecuencias pueden restaurarse normalmente y por el costo que llevan se hacen de manera pasiva, es decir, se mira el paisaje, se recorre, se observa y, en algunos casos cuando vez que la severidad es muy alta, se pueden hacer acciones locales de recuperación o de restauración mediante siembra de especies o plantación de especies del mismo lugar. Eso es válido no solamente para plantas de bosque nativo sino también para plantaciones forestales. Obviamente, cuando hablamos de restauración ecológica, se entiende que las acciones se orientan preferentemente a la recuperación de espacios degradados en vegetación nativa y para eso hay distintas modalidades. Ha habido proyectos, yo mismo lideré uno de Conaf hace unos años atrás, que finalizó exitosamente, donde demostramos que la restauración activa y pasiva tiene que estar de manera combinada para fomentar la recuperación de bosque nativo afectado por los incendios, y las acciones se hacen en función de las escalas o grados de afectación”, señaló Castillo.

Sobre esta restauración activa, Claudio Saavedra, ingeniero agrónomo y director de Operaciones de Corporación Cultiva -entidad que buscar crear conciencia socioambiental sobre la crisis climática a través de la reforestación participativa- señala que la importancia que tienen los bosques y la vegetación radica en los servicios ecosistémicos que cumplen en el planeta, con el proceso de captura del dióxido de carbono y la consecuente emisión de oxígeno, además de la regulación del recurso hídrico, protección de suelos -reducción de la erosión- hábitat de especies, regulación de la temperatura, captura de material particulado (polución) y diversos beneficios sociales.
“Evidentemente hay una escala humana versus una escala natural de regeneración, que a través de la reforestación se busca acortar. La elección de especies dependerá de la ubicación del terreno a reforestar que, a su vez, estará determinado por: latitud, altitud, condiciones de clima, suelo, exposición, disponibilidad de agua y vegetación existente en el lugar. En la zona central existe dominancia de especies que conforman el bosque esclerófilo como, por ejemplo: quillay, peumo, litre. Dado el cambio en las condiciones climáticas en la zona en los últimos años y que se ha reflejado en una megasequía, se han empezado a incluir especies con adaptaciones a condiciones más desérticas o semidesérticas, como el quebracho, tara, algarrobo o espino”, detalló Saavedra, agregando que el conocimiento y la valoración de la vegetación nativa señalada debe ser entregada a la población para que se tome una real conciencia sobre el daño que provocan estos siniestros en la naturaleza.

Educar: la mejor arma de combate
Si bien los expertos entrevistados para este reportaje convergen en que el gobierno sí ha tomado las medidas necesarias e invertido en una importante cantidad de recursos humanos y de conocimiento y voluntad política para poder hacer frente a los incendios en una escala mucho más detallada, es en el área de educación a la población sobre el tema donde se está al debe.
“Conaf actualmente se enfoca en dos acciones comunitarias focalizadas dependiendo del territorio en que se trate: el primero es el ámbito de la prevención del riesgo, es decir, la probabilidad de que ocurran incendios. Ahí se reúnen los representantes de la junta de vecinos, los extensionistas forestales hacen charlas y recorren los territorios discutiendo cuáles son las áreas más sensibles. La segunda es lo que se llama la prevención del peligro, es decir, dado que podría ocurrir un incendio forestal, tratar de bajar la carga de combustible y eso se hace a través de labores comunitarias, entre esas: podas, rareos, limpiezas de basurales, incluso, administración o habilitación de servicios básicos para la llegada de camiones aljibes en el caso de bomberos, o bien, una pre-preparación para el combate. Eso implica buenos caminos, buenos estacionamientos, presión de agua, despeje de los tendidos eléctricos, limpieza de los patios de las viviendas y leñeras en el caso de los sectores rurales donde se acumula mucha vegetación combustible como rastrojos agrícolas, entre otros. Por eso, creo que Chile está muy bien preparado y eso lo ha demostrado en el ámbito latinoamericano. Lo que pasa es que hay que entender que los mecanismos funcionan cuando tú tienes una baja ocurrencia, pero cuando tú tienes una multiocurrencia, evidentemente que los recursos siempre van a ser insuficientes”, señaló Miguel Castillo.
En esa misma línea, si consideramos que casi la totalidad de los incendios forestales ocurre por el tránsito de personas durante el verano en zonas vulnerables, no basta con que las campañas preventivas solo sean detalladas para los habitantes de estos sectores. Esto pues tanto la de la actual temporada como las de los últimos años, solo han estado enfocadas en sensibilizar sobre los incendios a nivel nacional y de manera general a través de la radio y la televisión. Aquello se suma a que los principios del Programa de Educación Ambiental y Prevención de Incendios Forestales de la corporación están principalmente dirigidas a la comunidad escolar básica, donde entre los años 2015 y 2019, llegaron a 46.627 estudiantes.
Para Reina Campos, estas medidas son insuficientes pues la educación ambiental debe ser entregada de forma transversal e interdisciplinaria.
“Por parte del Estado, he visto el trabajo que realizan en redes sociales, colegios, liceos e instituciones. Pero hay algo de lo que el Estado jamás podrá hacerse cargo: los valores y principios de las personas. En Chile, todo el año tenemos emergencias y conocer nuestra realidad como país es imprescindible, no sólo para dejar un país lindo a las generaciones futuras, sino que también para nosotros que estamos viviendo todo este proceso de cambio. Tenemos que dejar los papers o investigaciones en revistas científicas y pensar en llegar a aquellas personas que, con suerte, tienen educación básica. Hay que aplicar estrategias de aprendizaje: transformar lo complejo en algo simple y fácil de entender”, afirmó.
He ahí que para generar una cultura preventiva deben estar presentes las organizaciones y comunidades sociales comprometidas, más allá de aquellas que tienen directa injerencia en el combate de incendios: “Nos falta acercarnos a la sociedad civil para enseñarles cuáles son los peligros potenciales de sus comunidades. Eso se puede ver en La Araucanía o cualquier otra región. Hay que empoderar a la población con información y que ellos también se encarguen de cortar el combustible cercano a sus viviendas, informarse y proteger su patrimonio”, señaló el teniente 1ero de la 13ª Compañía de Bomberos de Temuco y combatiente forestal de Conaf, Julio Tobar.
Al cierre de este reportaje, cientos de hectáreas de bosque siguen incendiándose en nuestro país.























